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El representante no sabía si confiar en
este extraño sujeto, José, a quien todos los civiles
conocían, y quien no había decidido huir al saber
que lo venían a buscar. El camino llegaba a una
subida brusca donde las formaciones rocosas se
unían en un risco, obligando a los caballos a
hacer fila para subir. Al llegar a la cima, al lado
derecho se abría un precipicio que dejaba ver el
mar, las gaviotas, y las focas en una piedra
guanosa, aguas adentro. A lo lejos, una torre de
los nativos[1] vigilaba la llanura que se precipitaba
al mar.
El representante ordenó.― Paramos en el
punto Quɩllaɭeo para reponernos.– Qué bueno ―
pensaron todos… Y al llegar a la torre, dejaron los
caballos amarrados al tablón y el representante
convino un precio con el indio del mesón.
Subieron y durmieron esa noche en la parada.
Luego del desayuno partieron y no pararon hasta
la noche siguiente, cuando se tuvieron que
detener por un temblor[2] en el suelo. La escolta
iba por una playa junto a la ladera inferior de un
acantilado.– El representante ordenó.―
¡Muevan los caballos al medio para que no se
asusten[3]!-
Pero en vez de receder, el temblor se
convirtió en un derrumbe[4] que desprendía
piedras desde la montaña del lado. El suelo
tronaba y temblaba cada vez más fuerte. Los
caballos (los montados y los desmontados que
llevaban) se paraban en sus dos patas y
relinchaban con desesperación. Una sombra
negra los cubrió, sobre el acantilado… …y
[1] La población indígena es el sustrato inesperado, en
oposición a la comitiva: su presencia nos recuerda que la inmediatez
de la existencia sobrepasa cualquier constructo
jerárquico-teorético-conceptual que pretenda sobreimponer
deberes, ritos o protocolos. Normalmente hay fuertes animosidades
entre los nativos y los extranjeros, en especial cuando los forasteros
no saben navegar de verdad (Yoguis, 2009, p. 93): son frecuentes la
riña, el robo y el motín, cuando los signos no son los verdaderos. En
este sentido, la sapiencia del representante determina la
planificación itineraria de la expedición y su desempeño, incluida la
microgestión de matices misceláneos. El arribo a punta Quɩllaɭeo para
la reposición es un eje de inflexión de este tipo de contingencia:
determina la velocidad en la que avanzan y también la extensión
perceptible de la capacidad de prospección del representante y de su
competencia: su legitimidad. En el punto de reposición se
desfragmenta la información que maneja cada miembro de la
comitiva, produciéndose las dinámicas de mantenimiento cómo los
entrecruzamientos y el almacenamiento selectivo. En consecuencia,
la auditoría de competencia la del representante se ve directamente
afectada por la determinación ese momento. Existe una hora óptima
que varía en función de los intereses de cada miembro de la comitiva
y de la característica del punto de reposición.
[2] El segundo ataque a la integridad de las formalidades viene desde
la fuerza de la naturaleza. Pero es la misma potencia reglamentaria la
que le permitirá al representante establecer un algoritmo para
maniobrar en estas circunstancias. [3] El representante debe ser
capaz de mantener su posición directiva y el orden en las filas.
Cuando sobreviene el desastre natural, el sujeto entra en una
modalidad de supervivencia que lo empuja a restarse de la
convocatoria sociocultural preestablecida. En este tipo de
situaciones a veces se expresan los más grandes liderazgos, los actos
heroicos y también los aspectos más bestiales y menos humanos del
propio ser humano. [4] No hay escapatoria de la naturaleza.